La Zonámbula es un proyecto editorial independiente que surge con la finalidad de publicar obra literaria (poesía, cuento, novela), tanto de escritores con trayectoria como de nuevos autores, principalmente del estado de Jalisco.

Dicen de la Zonámbula

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Nos miramos las distancias, texto de Fanny Enrigue


Mirarnos las distancias
Fanny Enrigue

“La huella del escritor —dice Foucault— está sólo en la singularidad de su ausencia; a él le corresponde el papel de muerto en el juego de la escritura”. Ese juego en que el autor (aquí autora) se vuelve un gesto, la mueca de su propia fuga; aunque al transitar por esa ausencia, que son letras, conozcamos la última sentencia antes del simulacro: Disculpa la bala perdida, / pero es así: / no es cosa mía.
Y no es. Aquí la paradoja, el quebranto, otra Verónica que nace en el texto sólo para representarse extinta y señalarse como la ausente, la que quisiera ser el niño en el ataúd esperando que cierren la tapa. Verónica, que como Edipo vació las cuencas de sus ojos, se despojó de la piel, de su individualidad para adoptar esa otra forma, esa otra vida, que es el texto poético, y mirarnos la distancia: no se trata de no mentir, eso puede ser sólo una herramienta. Verónica sin carne sin hueso que grita desde el féretro: ¡No hay nada qué saber, en verdad, nada…!. Pero en la impostura de la otra Verónica, de la no-Verónica, siempre se vuelve tentador pisar el hoyo.
Se torna tentador, para nosotros lectores, persiguiendo al espectro, habitar esa ausencia, caminar sobre espuma de lodo, andar tras el fantasma que no es ya Verónica sino su cuerpo yerto, revólver en mano, todavía humeante. Porque toda lectura es riesgo, precipicio, porque la fuerza de gravedad no lleva a un fondo, a tierra firme, sino a una interminable caída vasta de unicolor.
Y la autora, en su “jugar a faltarse” nos abre las páginas advirtiendo que nada de esto importa / porque mañana seré otro. Lo dice la sonrisa, su mueca esfumada, que es trampa, astucia, ofrenda, puesta en escena del lector sobre las tablas, sobre las palabras del fingidor que sólo en un esfuerzo absurdo identificamos con Verónica. No sirve señalarla, el juego se pone en marcha, sin temblar en el fin de cada frase, falseando –nosotros también- la emoción, mientras ocultamos y suponemos que nadie sabe lo que pasa.
Vértigo, en el preciso instante en que reconstruimos las simulaciones: la de la autora, desaparecida, pero jalando el gatillo en nuestra sien a cada verso. La de nosotros, lectores, ocupando su sitio en esa estela, llenos de ilusiones prostitutas, sin una meretriz que sepa decir con certidumbre el costo de la fornicación. Vértigo en que al ocupar el sitio de la ausente somos nosotros mismos víctimas y verdugos, a través –qué sutil, qué magnífica enfermedad- de un poemario que es un arma. No debe ser tan ligero irse así al infierno.
No debe ser tan leve; nada hay más serio que jugar a que un día todos matamos a los padres, como con júbilo, desando no darnos cuenta, y jugando nos preguntamos ¿será el hecho de no haber pedido nada y haber recibido a vasos llenos tanta mierda y tanto gozo; enseñándonos a vivirlo, a disfrutarlo sin entenderlo? Nada más serio que el juego de ser Sofía y soñar, como ella cuando más joven, con volverse una loca. Nada más serio que desear, frente a la cajetilla, nunca haber jugado demasiado en serio y continuar llorando, como en la infancia, sin saber los porqués.
El juego del arte, como los mejores juegos, es sacrílego, profana tumbas, incendia ciudades quemando toda regla para instaurar las propias; señala, con el dedo de un muerto, con el dedo de un ausente, múltiples fronteras, puentes, barrancos, temblores, nidos. Señala con la certidumbre con que  punza un dolor tan añejo como si no fuera propio. No es mentira la ficción, es ficción. Imposible decirlo a quien niega la realidad de la irrealidad; imposible a quien se niega a acariciar la estabilidad y luego decide voltear el rostro, sabiendo lo fallido de encontrar el rostro real.
“El tener lugar del poema –escribe Agamben- está en el gesto en el cual el autor  y el lector se ponen en juego en el texto, y a la vez infinitamente se retraen”. Parálisis y comienzo. Nos miramos las distancias sólo cuando ocupamos el sitio del ausente y en simulación, lectores, instalamos a nuestros fantasmas en esas letras, en ese filo, hacemos la promesa de ir a buscar los restos en esta obra, restos que no son el ataúd sino tus, mis, nuestras historias. Siempre con mucha ansiedad, algo de esperanza en la lectura de este poemario nos preguntamos: ¿Qué pasaría si tuviéramos acceso a todas las ventanas? Qué pasaría si al abrir esta obra, tuviéramos la condición para convertirnos en lo que alcanzamos a leer.

 



Zonambulantes-Xosé Jared Galván


A Carlo

El rectángulo inmarcesible que tu mano ase:
áurea extremidad erguida
sobre la cúpula del tiempo.

Los ángulos rectos
dividen la vida en ecuaciones inquebrantables,
equis y yes que desfloran, despluman y rebosan
como garzas a vuelo lento y ensimismado.

La suma de tus ojos:
horizonte cartesiano del mundo.

Miro en el espejo que refleja
la curvatura del ayer:
la geometría de tus manos dibujándose
perimétrica e ineluctible.

Viene de vuelta a mí
cada múltiplo de tus labios
yuxtaponiéndose
multiplicándose
raizcuadrándose.

Cada número es un poema
y cada palabra
una dirección sin fronteras.

***

Sauce


Árbol que se inclina ante el mundo
como reverenciando las notas,
los dos los fas los res que aletean
agolpándose en el pentagrama horizontal del viento.

Esas ramas-cabello se suspenden
como Zeus emancipados
entre el cielo negado y la tierra perdida.
Ahí
donde el tiempo no sabe
cada caricia es un día hacia lo eterno.
Ahí
donde reinan los relojes mancos
cada beso
es un empuje de la manecilla a contratiempo.

Los granos de miradas-arena
van ascendiendo en su ergástula cristalina
sobre tu piel de corteza
al compás anacrónico de mis versos.

Sauce
conozco tus raíces errantes.
Qué difícil para ellas encontrar un pedazo de mundo
donde enterrarse
donde anidarse
donde saberse pertenecidas y perdidas.
Un trozo de carne-mundo
donde ser sedentario
donde enverdezcan las milpas
y los manantiales emanen el líquido
efervescente de la vida.

Sauce
sólo habrá un ave que se asiente
sobre tus hombros musicales
y si no canta
es que los aires arrastran
corrientes de otras eras.

El ave temerosa se acurruca entre tus hojas.

Cántale con esas borrascosas,
déjalas pasear entre tus brazos vegetales
para que silben
para que aquieten los latidos enfermos
del ave ensimismada

Cuando la tempestad desista
y el ave te sepa jaula y libertad,
volará entre tus dedos
cantando a tus oídos
poemas milenarios
que no han sido escritos en ninguna época.

***

Lingua linguarum

          A la MAGA de género masculino,
       aunque a veces se hermafroditiza,
                gracias a la magia de los elfos.
 
Eres lengua
 
Ondas acústicas
que se infinitizan en el pentágono de la estrella;
rectángulo áureo que se articula
que se expande en el reino volátil de Eolo.

Om antropomorfo
sílaba perfecta
/komplitúd fonolóxika/

¿Cuándo comprender-hás [tu fonétika pɾesénsya]?
¿Cuándo entender-hás ese [niƀél de kan tos iŋkonsyén tes]?
¿Cuándo viajar-hás a donde
los sonidos sordos y sonoros
se funden en voces mitológicas,
en rimas consonánticas,
en tonos electrocardiogramáticos,
en susurros ignotos y metafísicos?

No sabes, aunque sabes delicioso.
Estás, aunque no eres verbo copulativo.
Cópula cero, tú, lengua entre las lenguas.
Tú, vocal temática del verbo inconjug-A-ble.

Háblame:
/díme/:
[kwén tame]:

¿Cómo descubr-i-r tu-s límit-e-s morfo-lóg-ic-o-s?
¿Dónde he de escind-i-r para encontr-a-r
l-o-s fragment-o-s de tu anatomí-a lingüíst-ic-a?

¿Cuál es la etimología de ese léxico
que ahora vaga en un limbo de semas incomprensibles
y sintag[k?]        s           morfo                          ic
                      ma                         log     caó[s*]t      a?
                                  de                      ía

El legado de las lenguas antiguas
se ha asentado en ti.
No trates de relexificarte,
no intentes romancearte,
gramatízate.

Adquiere esa sabiduría metalingüística
para hallar el significado de tu aglutinante
flexibilidad polisintética.

Reordena tu sintaxis,
incorpora al sujeto,
centraliza el verbo,
reinstaura el objeto.

No olvides

porque el dialecto de mis manos
comprende al de tu piel

porque la polisemia en la herbalidad de tus ojos
se sintetiza en el discurso de mis besos analíticos

porque soy el lingüista capaz de descifrar
los ideogramas de tu escritura cuneiforme 

No olvides

porque las lenguas no olvidan
porque las lenguas recuerdan
porque en ellas viven 
                                      las historias del pasado
                                                                  la poesía
                                                     el pensamiento.

No olvides

porque aún soy tu oración subordinada
aún soy el predicado,
                                        cuyo núcleo y sujeto eres tú
                           y no hay objeto directo o indirecto
                                       sólo esta dualidad lingüística
                                                           unida por la acción
                                                                          de un verbo
                                                                                            in-
                                                                        conjug-a-ble.





Viento Habitable


Ana Zambrano

Viento habitable de Raúl Caballero García (1952) es una antología que consta de treinta y tres poemas (algunos anteriormente agrupados en El agua inmóvil), perteneciente a la colección Pausa poética de Editorial La Zonámbula.
En la lectura de este libro se respiran varias de las estancias que conforman el movimiento natural del hombre. Por una parte, encontramos al personaje en el espacio del cual ha irrumpido al tiempo y la vida. Se hacen recorridos que van desde la ciudad del Sol hasta las calles de un San Juan que transportan al sujeto poético hacia las profundidades de Santa Tere, donde habrá de contemplar el nacimiento de un amanecer tan único como igual a todos los ya ocurridos.
A partir de lo anterior, habita en este viento de palabras la sensación vibrante de un cuerpo peregrino. El poeta escapa de sus límites citadinos y profana espacios sospechados o no, de sorpresa y aviso. La sustancia de quien se mueve regala añoranza, cansancio y también desahogo. Se trata de quien procura el cambio, lo vive y después trata de ponerle fin al regresar sobre sus pasos, teniendo como primer instinto de hacer, en nombre de la memoria de las tierras pasadas, una ansiedad que responde exclusivamente al frío de la soledad.
Ésta misma línea sigue la presencia femenina como ser causal de pasiones que motivan la afectación del hombre. Se describe aquí el llamado del deseo, la petición de poseer, la palabra que incita, el ritual que convence  y logra el momento donde piel y alma  se alcanzan y alzan hacia la suspensión de lo finito. En la poesía de Raúl Caballero se borda a la mujer que se ama y se tiene para, posteriormente, dejar expuesto el cuerpo y pensamiento de quien la ha perdido y vive su ausencia.
Vale la pena exponer tal realidad con sus dos vertientes. Por una parte, está la mujer lejana que duele y lastima la profundidad de lo sensible, acentuando la disforia de quien por ella es afectado. Hablamos de un lamento, un anhelo irrefutable de algo que se ha disipado. Es melancolía, agonía desesperada. Además de esto, se encuentra la ausencia que fortalece y revienta el amor, la distancia que es dolor y reclamo. Amor y muerte. Deseo que abre grietas y detiene la razón más no la cordura: “Sin casi todos pero sobretodo sin ti”, dice el poeta en un canto dirigido al ser amado, de inteligencia y distracción, de manos que recuerdan, de cuerpo que responde, de alma ofrecida y corazón cuya sangre es derramada. Ella, la que se tuvo pero ya no más… Ella, la mujer de Nunca.
En el óleo pincelado por Raúl Caballero García dentro de Viento habitable se establece, finalmente, la sentencia de que “nuestra tristeza siempre ondeará por el mundo”. Afirma que al llegar la entrega se deseará la ruptura, que al tener lo noble se buscará el caos, aquello que corroe porque perturba. Amar para terminar con el deseo y después seguir amando, seguir buscando, aquí o en cualquier otra parte, hasta que se deje de vivir, sin importar nada más, como causa fundamental del hombre y la vida, cuya dualidad siempre estará atravesada por una discontinuidad que establece la existencia y su movimiento.
Si se trata de un lugar, de una mujer, una ambición o un anhelo, el sujeto poético seguirá buscando, seguirá encontrando y seguirá perdiendo. Lo relevante de estos poemas reside en el recorrido realizado por el hombre, el cual le permite conocer todas sus facetas, jugar todas sus cartas. Ésta es, quizá, la mayor gracia de Raúl Caballero: exponer al hombre como poeta, o lo que es más, exponer al hombre dentro del poeta.

Textos de Cintia Salazar

Textos de Cintia Salazar


Trance

Mi garganta y cabeza quieren explotar, mi columna quiere salir para expresarse, quiere que la vean, mis papilas salivan en exceso, me mareo. Hay una barrera, una sola, qué es. Mis ojos están bien abiertos, en demasía, mis pulmones jalan aire, hay un poco de fuego en ellos. Mis manos… mi mano izquierda se retuerce y mis dedos se crispan, un pequeño dolor en mi frente, dentro de mi cabeza en el lado izquierdo ¡iaaaaaaa! ¿y esta risa? primero la trunco con mi mano izquierda mientras mi derecha escribe, ha escrito sin parar, a veces sin que los ojos miren. Mi mano izquierda toca mi pecho, un pezón fresco y duro, mi sexo tibio, suave, su textura invita a la caricia. Podría continuar, estoy conectada con el todo, con La Dios, con El Diosa, la dualidad en todo, extremos opuestos que se unen para ser la unidad, la misma cosa.
Mis ojos miran el todo aunque físicamente está la pared blanca y la cortina azul, mi cabeza mira al infinito, al todo, a la unidad, soy parte de ello, mi columna encorvada lo sabe, estoy a punto de unirme, hay una barrera, oh. Mis manos al unísono tocan mi cabeza, los dedos entre mis cabellos, mis labios y saliva. Mi mano izquierda se toca a sí misma, mis ojos se entrecierran, respiración acelerada, oh. Dedos ansiosos, sobre todo pulgar y anular, que se frotan fuerte sin cesar. Dientes apretados, mi estómago…calma... y ya!



 Santa

Vendo mi alma que cuesta un peso mas gastos de envío,
te la cambio por productos de comercial en vivo.
Mis pestañas más largas y mi cintura más fina me volverán divina.

Todo en mí está mal por nacimiento,
debo ser otra desde los pies hasta el cabello.
Lo bueno es que existe mi remedio,
o al menos eso es lo que me dijeron.

Señora caja idiota, te idolatro como tu tocaya,
dame tu cura que ya no soporto este horrible color de cara,
quiero ser en cinco minutos yo más blanca.

Oh caja idiota, no distingo la verdad o la mentira,
será por ignorancia o será por cosa mía.

Estoy tan vacía,
necesito llenarme con lo que tú dices que me dará vida,
estoy tan vacía,
dime qué hacer oh santa mía!

Sin victoria
Para qué necesita el universo una guerra entre países si mi propio ser está en guerra infinita. Todo es perfecto, sin embargo no lo acepto. Naturaleza humana insufrible, inconforme, terca y contradictoria, cada persona lucha dentro de sí las mas infames, violentas y destructoras batallas, pobre humanidad dividida justo por la mitad.

Ocho veintiocho
Son las 8:28, puedo hacer que los días sean tan iguales uno al otro al grado de volverme un poco loca por el hecho de pensar que vivo siempre el mismo día. Mi vida no avanza y no cambia que a las 9:00 deba salir para el trabajo, sin embargo, siempre resulta que hasta rutina es la tardanza porque invariablemente y sin esperanza a las 9:15 salgo de casa.


Una poesía elemental que pertenece a la cosmogonía del aire: Viento habitable, de Raúl Caballero García.

 Por Azucena Hernández

La primera impresión que nace al tener el libro Viento habitable (La Chintola, La Zonámbula 2011), de Raúl Caballero García, en las manos, se dirige directamente a la vista ya que la imagen de portada es un elemento para-textual importante, el cual siempre colabora en ofrecer un horizonte de interpretación al lector. Esta imagen es un fragmento del óleo Corazón inmigrante, de Waldo Saavedra. Representa un corazón alado cuya trayectoria, precisamente, se encuentra proyectada en la lectura de los poemas, en la atmósfera de lo habitable y lo cotidiano; de ahí el título, bastante acertado en mi opinión, que en conjunto con la pintura logra configurar en un todo el poemario de Raúl Caballero García.  
La voz poética que vive en esta obra es una voz migrante que ha pernoctado en diferentes ciudades, con estados emocionales y de conciencia acordes al espacio que canta. Sean lugares íntimos o externos, reales o imaginarios, tanto de México como de Estados Unidos, hay un itinerario de viajes discernible a lo largo del libro. Así dice el poeta con los versos:
He vuelto de un viaje donde los días y el aire
hicieron crecer un absurdo desapego
altaneros incendiaron el eco de mi voz (42)

Es una voz conmovida por las implicaciones del viaje. Las piezas que en él muestran el ‘espíritu migrante’ (como el mismo poeta lo ha denominado) son, quizá, un tumbleweed “entre coyotes”, la imagen que recorre todo el poema. Y el matorral migrante avanza así sobre el desierto para sublimar, en el trayecto que el viento provoca, los sentimientos de soledad, melancolía y ausencia:
matorrales fantasmas
que dejan a su pesar la raíz en las grietas de la tierra
en la llanura el viento los arrastra de un lado a otro
cruzan los desiertos del Norte
con la indiferencia de los perros salvajes
matorrales resecos
compañeros de las ventiscas de arena
sinónimos de soledad (43)

Es también el viento habitable el que transporta y arrastra a ras de tierra a esta planta que, como la voz del poeta y el poema mismo, suelta su semilla en la diáspora. Porque, finalmente, la verdadera poesía es aquella que algo le dice a su lector con la evocación de imágenes y sentimientos a través del lenguaje. Es así como la poesía se afianza en quien la recibe, es entonces cuando comienza a ser germinada.
El motivo del viaje en la poesía de Raúl Caballero siempre es fructífero. El itinerario nos llevará también por ciudades que se quedan grabadas en la memoria y en el corazón, como lo es “Tita sin fin, blues”, poema melancólico que cuenta una pequeña historia motivada por la espera y la soledad. La voz poética añora el regreso de la amada, y en la preparación del recibimiento y la bienvenida se intuyen o imaginan el equipaje y los recuerdos de ese tú amado hacia quien se dirige el poema:
Saltimbanquis aturdiendo el aire/
payasos con metáforas en versos y manos/
trovadores jazzistas dándole un concierto callejero a ti
                                  y a tus amigas después de la cena/
el nieto del blues y su abuelo negros que te hicieron
                                                          llorar en la plaza/
el canto de los niños que te iluminó en la catedral/
la soledad del hotel/

Todo, cada escena, es equipaje para este blues (21)

“Guanatos, río de piedras” es una fina pieza que narra el trayecto en un paisaje invernal que no únicamente permanece en lo descriptivo: el poema es una postal interior que, a fuerza de la repetición de estructuras y de metáforas novedosas, logra retratar un estado de la naturaleza tanto como el de una conciencia receptiva y sensible que retorna a un lugar cuya carga emotiva evoca los orígenes. “Guanatos, río de piedras” simboliza, en esta bitácora poética de cartas y de postales, de confesiones y esperas que es Viento habitable, el viaje mítico de un nosotros a un lugar que parece ser, al mismo tiempo, de la vida y de la muerte. Así lo dice el poeta:
Nos adentramos hacia el río de piedras adonde hemos de volver
Los harapientos árboles crepitan en la noche su desnuda osamenta
Los harapientos árboles alucinan el incendio del bosque
                       sueñan cataratas de pájaros
                                                                        rayos del sol
                       su falta de razón disemina los insomnios
Sus descarnados dedos
reciben de la luna un puñado de recuerdos (51)

La poesía de Raúl Caballero en Viento habitable es, por principio, una poesía elemental. Con esto quiero decir que, si bien a veces se muestra contemporánea y hace referencia al universo urbano, cotidiano e íntimo, los elementos naturales, especialmente el viento y el aire, tienen una presencia constante en todo el poemario. El viento o las metáforas aleves o etéreas otorgan cohesión semántica a esta colección de poemas.
“Dafne poseída” es la pieza que abre Viento habitable, poema de una delineada sencillez y un lenguaje espontáneo. En él se le da al lector una probada de lo que viene luego y que he mencionado antes: el logro de transmitir en imágenes la simbología de un elemento natural y violento como el viento, el cual finalmente se ve domesticado por el amor, pero esto no lo hace pasivo, sino que, en la unión con lo erótico, su expansión es absoluta:
me enloqueces y te penetro
te arrebato
me hundo en tus aromas
alcanzo tu néctar
y al final
tu dulzura
me vuelve música de flauta
aire acondicionado
tu deleite, frágil Margarita (7)

La poesía de Raúl Caballero, entonces, adquiere la metáfora de ser etérea y de pertenecer a la cosmogonía del aire. Así, la poesía salva la duda, ilumina la sinrazón y el temor, se vuelve “traductora del olvido”. El viento es la voz poética con su vértigo de palabras, pero tampoco debemos olvidar que, simbólicamente, el aire es el medio propio de la luz y del vuelo, de la comunicación entre la tierra y el cielo, entre la memoria y el presente. Por eso, Viento habitable también es poesía amorosa, y en este sentido, el amor se convierte en un viaje de dos, de esperas y de reencuentros, de compañías y de nostalgias, de tristezas compartidas. Así lo dice el poeta en “Carta”, poema que, como el título lo muestra, es la confesión amorosa de echar de menos al otro:
Ayer tiré mis huaraches viejos y tus zapatillas blancas, juntos
iban en una bolsa de Sun Harvest
me sentí sumamente humble con ellos.
Mis labios extrañan tus manos y tus piernas
mis manos extrañan tus nalgas y tus pechos
mis dientes extrañan tus labios y tu entraña
mis ojos, tu alma
mi corazón tu mirada
mi soledad la tuya
aguárdame Ita/(29)

Existe una riqueza de sentimientos y conceptos que el poeta capta a través de recursos como metáforas, símiles, repeticiones, la inclusión de giros novedosos e imágenes que por salirse del lugar común atrapan al lector y reconfiguran el sentido de esta poesía que, como el viento, trasciende las fronteras, tanto regionales como íntimas y temporales. Es entonces cuando escribir se convierte en un acto para acortar distancias porque representa una forma de volar y unir así la soledad propia con la soledad de la otredad.
Azucena Hernández estudió la Licenciatura en Literatura Hispanomexicana en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (México). Cursa la Maestría de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Texas en El Paso, en donde es miembro del consejo de redacción de la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea. Ha publicado cuento y ensayo en revistas mexicanas y norteamericanas. Esta reseña se publicó originalmente en Somos en Escrito, revista en la red: somosenescrito.blogspot.com.

Praderas silenciosas

Segunda presentación del libro Praderas silenciosas
Por Luis Eduardo García

En una conversación que tuvimos hace poco, le comenté a Álvaro que Praderas silenciosas es uno de los libros escritos por un poeta de mi generación que más me han gustado en mucho tiempo. A pesar de ser su primera publicación, hay un trabajo muy cuidado en cada uno de los poemas que lo componen, así que creo que Álvaro decidió saltarse la etapa de inmadurez en su escritura (o al menos decidió no publicarla, como muchos poetas, incluyéndome, sí lo hicimos) y nos presenta una obra sólida y plenamente disfrutable.


“La memoria, entre apagados muros
—en la violenta calma del hospital dormido—
recuerda la roja espuma de la herida”


Es el principio del libro, tres versos que nos avisan lo que está por venir. La memoria que es y será siempre una herida, un corte que aparentemente se ha difuminado con lo años, pero que puede emerger en cualquier momento sin que lo esperemos; como un destello. La memoria de la cual brota una espuma roja y que se convierte luego, casi inexplicablemente, en poesía.

Hay un dolor tenue que recorre las páginas de Praderas silenciosas, “el silencio y sus navajas” que cubren todo de un blanco que produce frío. Sería caer en facilismos reducir la poesía de Álvaro a las influencias de Viel Temperley o Antonio Gamoneda, que desde luego están ahí, pero a las cuales quisiera dar poca importancia, finalmente, recordando a Kristeva, se puede decir que todo texto es la absorción de otro texto y sí, de alguna manera, todo es asimilación. Lo importante es cómo se da esa asimilación, en el caso de Álvaro Luquín se puede percibir un tono natural orientado a cierto registro poético que logra con sorprendente sencillez un efecto emocional en el lector. Los poemas aquí escritos no son meras construcciones verbales que busquen el tan mencionado rigor formal o por lo contrario, el canto. Los poemas de Praderas silenciosas fluyen tranquilamente, sigilosos, dejando la sensación, como casi toda la buena poesía, de que hay mucho más que lo que captamos de manera inmediata.


Se lee en uno de los textos:

“¿Por qué permanezco ahí
en la frialdad
con lágrimas de la realidad borrosa?”


Probablemente porque esa es la condición de su escritura: el sujeto poético helándose voluntariamente mientras al fondo sucede la realidad difusa. A manera de otras entidades (más reconocidas), la poesía también actúa de formas misteriosas.

He hablado de blancura, sin embargo no todo es blancura en el libro, hay momentos en que se produce un efecto análogo al del claroscuro en la pintura. En la segunda sección, llamada “Sombras”, encontramos un cambio considerable en el “color” de los textos, en su renuncia a esa aura vaporosa que rodeaba a los primeros poemas. En “Sombras” encontramos al cuerpo, a la suciedad, la vuelta irremediable a las vísceras y a la enfermedad.  “Tal vez la existencia es un lienzo negro”, dice el poeta. El dolor callado aumenta su registro por un instante. El paisaje se oscurece.

Y después de la tempestad… ya saben lo que pasa. Las “esporas de dolor” se van un momento o tal vez se ocultan y hay espacio para un poco de fulgor (de nuevo el claroscuro). En “Sólo la luz, el silencio”, tercer apartado del libro, el poeta parece claramente hablar a Dios, ¿pero qué pasa cuándo se habla a Dios? ¿Acaso no siempre queda una esquirla oscura que intenta decirnos que en realidad estamos  miserablemente hablando solos?


“Hace mucho tiempo que no te escucho en el murmullo de la tarde.”


Si Dios se ha ido, entonces nos encontramos solos de nuevo y el frío es una estación perenne. ¿Cómo llenar el vacío de Dios? ¿Cómo se llena un vacío infinito? parece decir Luquín en sus versos. La respuesta es muy cruda: sólo queda espacio para la muerte. Pero no quisiera cerrar el texto de manera tan escalofriante, por fortuna hay un último apartado, cuyo nombre “Comportamiento (actual) de especies extrañas” nos toma por sorpresa. En esta parte del libro nos encontramos con una voz más pesimista, que habla con la presteza del que sabe algunos secretos del mundo, vedados (a veces voluntariamente) a muchos hombres.


Escribe Álvaro:

“las plegarias que son lágrimas
no humedecen a los ángeles”


Y no, ni siquiera logran conmoverlos. Los ángeles han visto demasiado. El sujeto poético ha visto también demasiado y su desgaste es visible. Describe el mundo ya sin el entusiasmo del neófito. El dolor que impregnaba sutilmente todo el libro se ha convertido en una delgada escarcha que lo cubre todo.

Tal vez envejecido, duro, el “yo lírico” de Praderas silenciosas es libre al fin y puede, despojado de todo, dormir de día. En voz de Álvaro:

“No quiero saber más de mis palabras.
Confunden mi cuerpo en el secreto
y contaminan los jardines.”